LUIS TEJADA CANO
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LUIS TEJADA CANO
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LUIS TEJADA CANO
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ACERTIJOS
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Diana García
SE PERFILAN CANDIDATOS A LA ALCALDIA DE BARBOSA
COMUNIDAD TERAPEUTICA "VIVE"
“Barboseño hala barboseño”
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BIOGRAFIA
Periodista, cronista y político colombiano, nacido en Barbosa, en el departamento de Antioquia, en 1898 y muerto en 1924, en Cundinamarca, que fue llamado por la agudeza de sus crónicas el "Príncipe de los cronistas colombianos". Procedía de una familia liberal con tradición de pedagogos y de periodistas, que le indujo a hacerse maestro, así que Luis Carlos ingresó en la Escuela Normal de Medellín; sin embargo, su espíritu inquieto y con ansias de modernismo no soportó las rígidas estructuras de aquella institución, por lo que fue expulsado. Decidió entonces estudiar periodismo, y se especializó en la crónica.

Él y Jaime Barrera Parra (1892-1935) son los dos más grandes representantes de la crónica ensayista. En su corta vida -apenas veintiséis años-, se reveló como el principal promotor de las ideas de vanguardia en su país. Rompió con la alabanza idílica de lo rural para exaltar e integrar en el horizonte simbólico de la cultura, la variedad, el movimiento y la belleza de la ciudad, con todo ese "aparato ruidoso y estupendo" que caracteriza la vida moderna. No se le escapó, sin embargo, la visión futurista de la soledad y la angustia en que se vería envuelto el hombre moderno acorralado por la vida civilizada. Reprochó a la literatura contemporánea su inmovilismo e inmunidad ante las inquietudes renovadoras, lo que le hizo convertirse en la primera figura moderna de la historia del pensamiento colombiano. En el campo de la política, mostró siempre una tendencia izquierdista; fue un crítico mordaz e implacable de los gobiernos conservadores que le tocó vivir. Compañero ideológico de Jorge Eliécer Gaitán y Gabriel Turbay, apoyó el movimiento socializante del ala izquierda del liberalismo. Al ver fracasados sus ideales partidistas, optó por la formación de grupos socialistas revolucionarios. Pero, aquejado por una enfermedad, murió en 1924 en Girardot, donde había ido a vivir por prescripción médica. En vida publicó una primera recopilación de sus crónicas bajo el título El libro de las crónicas (1924); póstumamente fueron publicados otros dos volúmenes suyos, Gotas de tinta (1977) y Mesa de redacción (1989), recopilaciones también de las crónicas que habían aparecido en su columna del Espectador, "Gotas de tinta".
CRONICA
En el seno de una familia antioqueña proveniente de esta tradición (Liberal) nació Luis Tejada en 1898. Sus mayores se dedicaron a la publicidad de las ideas progresistas a través de la educación y el periodismo: Rodolfo Cano, su abuelo materno, fue director de la Normal de Antioquia entre 1877 y 1884; Benjamín Tejada Córdoba, su padre, de quien se dice que fue secretario privado del general Uribe Uribe, fundó diarios y colegios en varias poblaciones de la zona cafetera y defendió en sus artículos periodísticos el ideario positivista de razón, progreso y temperancia; María Rojas Tejada, su tía, conoció los Estados Unidos y Europa y fundó el primer kinder de Antioquia.

Su tía materna María Cano fue la gran luchadora socialista. De los primeros años del futuro cronista existen datos que describen su camino en permanente contravía del establecimiento: según cuenta Lino Gil, el día del bautizo el cura encargado de la ceremonia se negaba a realizarla aduciendo que los padrinos eran liberales; más tarde, su abuelo Rodolfo le enseñaría las primeras letras en las páginas del diario de oposición El Espectador, que dirigía Fidel Cano, también integrante de la familia; a los cinco años Tejada habría sido expulsado del colegio de los Hermanos Cristianos en Medellín, por lo cual su tía María Rojas debió encargarse de continuar con su educación; finalmente, después de una temporada en Yarumal, Tejada regresó a Medellín en 1912 para ingresar a la Escuela Normal de Institutores de Antioquia, donde esperaba continuar con la tradición pedagógica de su familia.

Para entonces, lejanos los tiempos de la reforma radical, la Normal contaba ya 27 años bajo la tutela conservadora. El reglamento aprobado en 1910 prohibía, entre otras cosas, tener en el establecimiento "discusiones sobre política" o "novelas de cualquier género que sean, u ocuparse en su lectura".

Tejada mismo da una idea del ambiente que se vivía en el claustro, al recordar al prefecto Manuel Sierra como "un intransigente sacerdote, que disponía a su amaño de profesores y discípulos y aborrecía sistemáticamente todo lo que fuera iniciativas individuales, libros nuevos, teoría distintas, todo lo que trajera un sello moderno y fecundo"

Para aspirar al grado, en 1916, Tejada presentó una tesis que tituló "Métodos modernos", en la que recogía los lineamientos de la Escuela Activa o Escuela Nueva de Ginebra (Ferrière, Pieron, Piaget), que Agustín Nieto Caballero trataba de implantar en el Gimnasio Moderno desde 1914.

La Escuela Nueva planteaba "La urgencia de cambiar la didáctica de la enseñanza, de sustituir el viejo sistema de aprender de memoria en textos escolares deficientes por el aprendizaje basado en la actividad y la observación"; cuestionaba, además, los procedimientos de la escuela tradicional que constituían toda una puesta en escena del sometimiento de los individuos a los esquemas de autoridad, como sucedía en los famosos exámenes públicos, que los ancianos de hoy en día recuerdan aún con malestar.

Con la nueva pedagogía se pretendía, según Tejada, implantar "la Escuela alegre, libre, sana, la Escuela bulliciosa y feliz, donde el niño sea como un rey rubio y pequeño y no como un esclavo entristecido".

Tanto los partidarios como los detractores de los nuevos métodos eran conscientes de la importancia del sistema educativo como Pieza fundamental del engranaje social. La Iglesia sabía que su hegemonía ideológica dependía del mantenimiento del control del aparato educativo; por eso monseñor Rafael María Carrasquilla, desde su púlpito del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, lanzó su ataque contra los métodos modernos: "Poner en manos de los jóvenes que se educan para maestros, toda clase de obras católicas y heterodoxas, sanas y venenosas, para que ellos formen su criterio es, para usar de la frase más suave que encuentro, una gravísima imprudencia.

Como era de esperarse, la tesis de Tejada fue finalmente rechazada gracias a la intervención del celo teológico. Años más tarde, durante su gobierno, el presidente Ospina presentaría un proyecto educativo similar a consideración del congreso, que también fue rechazado.

Una vez cerradas las puertas de la docencia, Tejada decidió dedicarse al periodismo. En adelante mantuvo presente que mientras la educación de los colombianos continuara en manos de la Iglesia, ésta se encargaría de reproducir el dogmatismo y la intolerancia de su modelo educativo. Aunque comprendió que era inútil aspirar a la separación entre Iglesia y Estado en materia educativa mientras éstos participaran de los mismos intereses, no dejó de denunciar el concordato como un contrato que atentaba contra la soberanía del poder civil. En 1919, a raíz de una intromisión del arzobispo antioqueño en los asuntos de la Universidad de Antioquia, escribió: "organizar y dirigir la instrucción pública de acuerdo con la Religión Católica, reconocer a los ordinarios el derecho de inspección en lo que se refiere a la Religión y a la moral, no quiere decir que; a un alumno se le puede privar de su derecho de pensar, porque eso no puede, ser materia de contrato, porque la Carta Fundamental dice que ‘nadie será molestado por razón de sus opiniones religiosas, ni compelido por las autoridades a profesar creencias ni a observar prácticas contrarias a su conciencia". Tampoco dejó de insinuar la responsabilidad que la educación conservadora podría tener en el ejercicio de la violencia. Citó estadísticas que demostraban que el mayor número de crímenes en Antioquia eran cometidos por agricultores alfabetizados, justamente "ese gremio huraño y alejado" que constituía el baluarte más fuerte del catolicismo.

"Si verdaderamente la educación oficial fuera eficaz —argüía Tejada—, allí habrían tenido oportunidad de enderezar sus instintos incipientes hacia el bien". En el caso colombiano, Tejada aprovechó argumentos de este tipo para desprestigiar la educación conservadora, pero en lo concerniente a la situación mundial, tuvo que reconocer el fracaso del proyecto positivista que sus padres, y él mismo, habían acogido. La fe en la ciencia, en el progreso material acompañado de la perfección moral del hombre, resultaba infundada ante las atrocidades de la contienda: "Puede afirmarse que la educación moderna ha fracasado en sus fines esenciales —sentenció Tejada lacónicamente en 1920—. La ilusión magnífica de elevación espiritual, de fraternidad y de redención del mundo por medio de la Escuela, que acariciaron los apóstoles teóricos a la manera de Zola y los apóstoles prácticos como Froebel; la ingente labor para obtener un tipo humano que encarnara el modelo presupuesto por los idealistas, cumplida desde Pestalozzi hasta la señora de Montessori, ha fracasado en su gran objeto: el hombre es hoy tal como lo ha sido siempre" En lo sucesivo, Tejada se abstendría de creer en la redención del hombre por medio de la educación. Su decidida profesión de fe en el socialismo sería lo único que posteriormente lo haría abandonar cierta razonable reserva de incredulidad.

Desde sus inicios como periodista, Tejada lleva a cabo una intensa actividad como comentarista político. Durante su estadía en Barranquilla de 1919, dirigió con Pedro Rojas Pizano el periódico Rigoletto, donde se publicaba la Constitución de los soviéticos con el antetítulo "Nuevas ideologías". El interés por las ideas socialistas se acentúa en El Sol, que fundó en 1922, junto con José Mar, bajo los auspicios del general Benjamín Herrera.


LA COLA
Luis Tejada
(1898-1924)

Aquel griego sutil que amputó la cola a su perro en un rapto de irónico buen humor, no adivinaba quizá en toda su magnitud el significado profundo, con proyecciones espirituales, que ese apéndice carnoso y peludo tiene en relación con la vida de los animales superiores.

En la cola reside indudablemente el equilibrio físico, y yo creo que también el sentido del equilibrio intelectual de los mamíferos. Me dicen que un pobre perro sin cola es incapaz de pasar un puente estrecho; esto, aun cuando no fuera cierto, es verosímil y lógico. La cola es para el animalillo como la palanca que el bailarín lleva en la cuerda y que le ayuda a distribuir las fuerzas y los pesos, cuando el cuerpo va a inclinarse demasiado a un lado o a otro. La palanca es la cola del bailarín; le infunde confianza, le encuentra no sé qué invisibles puntos de apoyo en el espacio y lo guía a lo largo de la cuerda, sin que se interrumpa esa situación sutilísima y matemática que llamamos equilibrio.

Ahora bien: un perro sin cola es, además, el pequeño ser melancólico y chiflado por excelencia; ambulante y lleno de leves caprichos, parece que un eje secreto se ha roto en él, que falta a su vida una dirección precisa y ordenada, que su existencia ya no tiene razón de ser porque ha perdido su fin ideal. No me extrañaría que ese perro se hiciera misántropo y hasta que empezara a elucubrar teorías metafísicas y a preguntarse qué puede haber más allá de la vida y cuál es el principio y el fin de las cosas. Claro: el infeliz ha perdido el sentido del equilibrio intelectual, se ha desorbitado, es casi un hombre.

¿Y el hombre? ¿La falta, o mejor dicho, la pérdida de la cola ha influido en él espiritualmente? Porque es innegable que el hombre tenía cola; cualquiera puede cerciorarse personalmente, palpando con discreción los vestigios ancestrales de ese adminículo que llevaron, completo y movible, nuestros abuelos remotos.

En el hombre actual la falta de cola es un defecto verdaderamente esencial, que yo no he podido resignarme a aceptar del todo; a veces en la calle pienso que todos los que van delante de mí, la llevan cuidadosamente enroscada debajo de la americana, y me asalta la extraña presunción de que yo soy el único que no la tengo, convirtiéndome por eso en el ser más desgraciado de la tierra.

Pero en fin: sea que haya ido extinguiéndose lentamente o que un Dios caprichoso - como Alcibíades a su perro - la recortó de un tajo en alguna mañana inmemorial, lo cierto es que esa deficiencia ha influido en el hombre de una manera definitiva. ¿Por qué entonces, afirmaba Pascal "que el hombre es el único ser imperfecto" y por qué solía decir el doctor Garavito, que el hombre "es un animal loco"? Os ruego que meditéis en esas dos frases, buscándoles la sutil analogía que tienen; sí, el hombre es un animal loco e imperfecto; una ruptura primordial lo ha descentrado, lo ha dejado sonámbulo y errabundo dentro de la eternidad; lleno de apetitos inconmensurables, de extraños anhelos, de torturantes cavilaciones, el hombre tiende siempre a salirse de la órbita que le ha sido designada en la naturaleza. La sabiduría y la perfección de los otros animales, sobre todo de los que tienen cola, está en el sometimiento inconsciente y maravilloso a su destino; el caballo, por ejemplo, nunca desearía dejar de ser caballo; tranquilo y feliz, vive sujeto a su sino, y no trata de salirse de la escala que le corresponde en la naturaleza; es perfecto. El hombre, en cambio, trata de modificarse a sí mismo, lleno de ansias infinitas, complicando su existencia cada día un poco más; solo en él se encuentra el descontento metafísico, la inconformidad trascendental; solo él no es feliz. En relación a los otros animales, el hombre es como el cometa, ambulante y perdido, en relación a los astros que poseen su órbita fija y la recorren ecuánimes, sencillos, humildes, desde el principio hasta el fin de los tiempos.

Y es que al hombre le falta una batuta, una palanca, un índice que guíe y sostenga su equilibrio; al hombre le falta la cola, cabo flexible y prodigioso que amarra la inteligencia loca a la realidad de la vida.

(1924)
 
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